sábado, 25 de diciembre de 2010

:: El tesoro oculto ::



Nos cuenta una antigua leyenda hindú que en un tiempo todos los hombres que vivían sobre la tierra eran dioses, pero como el hombre pecó tanto, Brahma, el dios supremo, decidió castigarlo privándolo del aliento divino que había en su interior y esconderlo en donde jamás pudiera encontrarlo y emplearlo nuevamente para el mal.

"Lo esconderemos en lo profundo de la tierra", dijeron los otros dioses.

"No", dijo Brahma, "porque el hombre cavará profundamente en la tierra y lo encontrará".

"Entonces, lo sumergiremos en el fondo de los océanos", dijeron.

"Tampoco", dijo Brahma, "por que el hombre aprenderá a sumergirse en el océano y también allí lo encontrará".

"Escondámoslo en la montaña más alta", dijeron.

"No", dijo Brahma, "por que un día el hombre subirá a todas las montañas de la tierra y capturará de nuevo su aliento divino".

"Entonces no sabemos en dónde esconderlo, ni tampoco sabemos de un lugar en donde el hombre no pueda encontrarlo", dijeron los dioses menores.

Y dijo Brahma: "Escondedlo dentro del hombre mismo; jamás pensará en buscarlo allí".

Y así lo hicieron. Oculto en el interior de cada ser humano hay un algo divino. Y desde entonces el hombre ha recorrido la tierra, ha bajado a los océanos, ha subido a las montañas buscando esa cualidad que lo hace semejante a Dios y que todo el tiempo ha llevado en su interior.


William H. Danforth

domingo, 19 de diciembre de 2010

:: El verdadero amor ::



“Tu vida no está completa hasta que encuentras a tu media naranja”.
“Nadie es completamente feliz, ni se puede sentir realizado como persona hasta que no comparte su vida con su verdadero amor”.
“Si no encuentras pronto el amor, se te pasará el arroz y estarás sol@ para siempre”.


Supongo que estas frases te sonarán. Quizás las hayas oído alguna vez, o puede que incluso las hayas pensado.
Las personas somos criaturas a las que nos gusta (y necesitamos) vivir en sociedad por naturaleza. Y dentro de esta sociedad creamos nuestras relaciones personales: con nuestro padre, nuestra madre, nuestros hermanos, amigos… y, por supuesto, nuestra pareja.
Se supone que todos son igual de importantes y de necesarios para nosotros. Pero, en realidad, sentimos que la pareja es la persona más esencial, más importante, porque es la persona con la que pasamos el resto de nuestra vida y, por lo tanto, es a la que más queremos. Nuestra relación con ella nos permitirá sentirnos completos y realizados, ya que habremos alcanzado el principal objetivo de nuestra vida… ¿o no?

Debemos darle las gracias a personajes como esa princesa que mordió una manzana envenenada; o esa otra que durmió durante cien años antes de ser despertada por un beso de amor verdadero; sin olvidarnos, por supuesto, de aquella joven rica que hacía las veces de criada hasta que perdió un zapato de cristal.
Casi desde que nacemos la sociedad nos “socializa” y nos instruye para convertirnos en personas realizadas. Y dentro de ese aprendizaje social van incluidos ciertos roles, creencias e ideales de vida que se espera que aceptemos y cumplamos.
Puede que uno de los más importantes sea la idea de que debemos encontrar a nuestra pareja ideal. ¿Para qué? Para que nuestra vida esté completa y nos realicemos como personas, y así seamos felices. Y ahí se acaba la reflexión.
Pero… ¿realmente no es un poco triste que nuestra felicidad en la vida esté en manos de otra persona? ¿No resulta decepcionante pensar que necesitamos a otr@ para sentirnos completos? Mi opinión es que sí.
Si fuera cierto que necesitamos encontrar el verdadero amor para realizarnos, ¿entonces por qué nos dicen desde que somos pequeños que cada persona es única y especial? Es mentira. Según esta idea, cada uno de nosotros solo vale como “media persona”. Necesitamos a otr@ para ser una “persona entera”.
A todas luces se deduce la estupidez de esta idea.

Lo más triste de todo y lo que más me hace reflexionar sobre el concepto de la “media naranja” es ver cómo esta idea ha calado hondo en mucha gente.
Gente que no recibieron el amor y la atención que todo niñ@ necesita durante la infancia, se convierten en jóvenes y adultos que buscan en otros lo que no encuentran en su interior.
Tal vez estas personas tengan familia, amigos, a otras personas que de verdad les quieren. Pero nunca es suficiente. Sienten un constante vacío que les lleva a pensar que sólo encontrando una pareja (su amor verdadero) se sentirán bien.
Si tú eres una de estas personas, te aconsejo que no lo busques. Primero, porque el amor no se busca; simplemente se encuentra. Y segundo, porque si al final consigues una pareja, a la larga te sentirás tan frustrad@ y decepcionad@ como estabas antes, porque descubrirás que ese vacío sigue en tu interior. Esto solo te conducirá a almacenar más sufrimiento.
Por no hablar de que a nadie nos gustaría tener como pareja a una persona que no sabe cuidar de sí misma y quererse tal y como es. Al final, dejamos de sentir que tenemos una pareja con la que compartimos nuestra vida, para sentir que estamos cuidando de un/a niñ@ que necesita constantemente atención y protección.
La pareja, como tal, se descompensa y se encamina hacia la ruptura.

Todos somos valiosos por el simple hecho de ser personas. Y lo demás es superficial. No importa que seas más o menos list@, más o menos guap@, o si estás gord@ o flac@. Porque, después de todo, al final de la partida el peón y el rey vuelven a la misma caja.
Tenemos en nuestro interior el potencial para ser lo que queramos ser. Y, lo que es más importante, tenemos una esencia en común con todas las demás personas. Una luz pequeñita que brilla en tod@s igual, y que está más allá de todas nuestras características particulares.

Tener pareja, compartir nuestra vida con alguien a quien amamos y quien nos ama, es una experiencia muy enriquecedora y positiva para ambos. Pero no es necesaria o imprescindible.
Tener paraje es una opción individual y voluntaria. El amor debe surgir de la espontaneidad; nunca debe ser forzado o fingido, porque eso solo nos llevará a conseguir un sucedáneo barato del verdadero amor, que con el tiempo acabará haciéndonos sufrir.
Para compartir nuestra vida con alguien, primero tiene que haber algo que compartir. Si en nuestra vida lo único que hay es un fuerte deseo de encontrar pareja que lo inunda todo, ¿qué compartiremos con nuestra pareja cuando por fin la encontremos?
Aprende a valorar lo positivo que hay en tu vida. Tus cualidades, tus aficiones, tus intereses, tus relaciones…
Disfruta de cada momento bueno que vivas a lo largo del día, estando sol@ o acompañad@. Disfruta del café con tu mejor amig@, del último capítulo del libro que estás leyendo, de ese momento de paz y tranquilidad cuando te echas a dormir después de un largo día, de la risa de un niño, de la luz del sol desapareciendo por el horizonte…

Si hay algo seguro en la vida es que llegamos solos y nos vamos solos.
Aprende a disfrutar de tu propia compañía, a cultivar tus cualidades e intereses, para luego poder compartirlos con los demás.
Tú eres el/la protagonista de tu propia vida, y cada día es una nueva oportunidad para aprender y disfrutar lo que ésta te ofrece ( sol@ o en compañía :) ).

jueves, 2 de septiembre de 2010

:: El gran discurso ::



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sábado, 24 de julio de 2010

:: El viaje vital ::



“En efecto, había pasado la primavera, y también el verano. Freddy, una de las hojas de aquel árbol junto al que el Principito cayó, era una hoja grande. Se parte central era amplia y fuerte, y sus cinco extensiones eran firmes y puntiagudas.
Se había asomado por primera vez a la vida en la primavera cuando era sólo un pequeño brote de una rama bastante grande, cerca de la cima de un alto árbol.
Freddy, la hoja, estaba rodeado por cientos de hojas iguales a él, o así lo parecían. Pronto descubrió que ninguna hoja era igual a otra, aun cuando estuvieran en el mismo árbol. Alfred era la hoja que estaba a su lado. Ben era la hoja de su derecha, y Clara era la hermosa hoja de arriba.
Todas habían crecido juntas.
Habían aprendido a bailar con las brisas de la primavera, a calentarse bajo el sol del verano y a lavarse en las lluvias refrescantes.
Pero el mejor amigo de Freddy era Daniel. Era la hoja más grande de la rama y daba la impresión de haber estado allí antes que todos los demás.
A Freddy le parecía que Daniel era el más sabio.
Fue Daniel quien les contó qu eran parte de un árbol y les explicó que crecían en un parque público. Fue Daniel quien les dijo que el árbol tenía raíces fuertes que estaban ocultas en la tierra, allá abajo. Les habló de los pájaros que iban a posarse en esa rama y cantaban canciones matinales. Les habló del sol, la luna, las estrellas y las estaciones.
A Freddy le gustaba mucho ser una hoja. Le gustaba su rama, le gustaban las leves hojas que eran sus amigos, su lugar cerca del cielo, el viento que lo empujaba de aquí para allá, los rayos del sol que le daban calor, las nubes que los cubrían con grandes sombras blancas.
El verano había sido especialmente agradable. Los grandes días de calor eran placenteros, y las noches cálidas, apacibles y ensoñadoras.
Ese verano hubo mucha gente en el parque. Con frecuencia iban a sentarse bajo la sombra de Freddy.
Daniel les dijo que el dar sombra era parte de su finalidad.
- ¿Qué es una finalidad? –había preguntado Freddy.
- Una razón para existir –había respondido Daniel.
- Hacer las cosas más agradables para los otros es una razón para existir. Dar sombra a los ancianos que vienen para escapar del calor de sus casas; ofrecer un lugar fresco para que los niños vengan a jugar; abanicar con nuestras hojas a las familias que vienen a hacer “picnic” y comen sobre manteles a cuadros...; todas estas son razones para existir.
A Freddy le gustaba en particular la gente mayor. Se sentaban tranquilos sobre la hierba fresca y casi nunca se movían. Conversaban en susurros de los tiempos pasados.
Los chicos también eran entretenidos, aunque a veces hacían agujeros en el tronco del árbol o tallaban sus nombres en él. Aun así, era divertido verlos moverse tan rápidamente y reírse tanto.
Pero el verano de Freddy pasó pronto. Se esfumó en una noche.
Freddy nunca había tenido tatno frío. Todas las hojas tiritaban. Estaban cubiertas con una delgada capa de blanco que se derritió rápidamente y las dejó empapadas de rocío, resplandecientes bajo el sol de la mañana.
Otra vez fue Daniel quien les explicó que habían vivido su primera helada, la señal de que ya era otoño y que pronto llegaría el invierno.
Casi enseguida, todo el árbol, en realidad todo el parque, se transformó en una llamarada de color. Apenas quedó alguna hoja verde. Alfred se había vuelto de un color amarillo pronfudo. Ben, de un naranja brillante. Carala se había vuleto roja como una llama; Daniel, púrpura profundo, y Freddy estaba rojo y dorado y azul. ¡Qué hermosos estaban todos...! Freddy y sus amigos habían convertido el árbol en un arco iris.
- ¿Por qué nos ponemos de diferentes colores –preguntó Freddy-, si estamos en el mismo árbol?
- Cada uno de nosotros es diferente del otro. Hemos tenido experiencias diferentes del otro. Hemos mirado al sol y hemos dado sombra de manera diferentes. ¿Por qué no habríamos de tener distintos colores? –dijo Daniel, realista.
Daniel le dijo a Freddy que esa estación maravillosa se llamaba “otoño”.
Un día sucedió algo muy extraño. Las mismas brisas que antes les habían hecho bailar comenzaron a empujarlos y a tirar de sus tallos, casi como si estuvieran enfadadas. Ésta fue la causa de que algunas de las hojas se quebraran y cayeran de sus ramas y fueran levantadas por el viento, sacudidas de un lado a otro, hasta posarse blandamente sobre el suelo.
Todas las hojas se asustaron.
- ¿Qué está sucediendo? –se preguntaban unas a otras en susurros.
- Lo que sucede en el otoño –les dijo Daniel-. Ha llegado el momento de que las hojas cambien de hogar. Algunas personas lo llaman “morir”.
- ¿Todas nosotras moriremos? –preguntó Freddy.
- Sí –respondió Daniel-. Todo muere, sea grande o pequeño, débil o fuerte. Primero cumplimos nuestra tarea. Sentimos el sol y la luna, el viento y la lluvia. Aprendemos a bailar y a reír. Luego morimos.
- ¡Yo no voy a morir! –dijo Freddy con determinación-. ¿Tú vas a morir, Daniel?
- Sí –respondió Daniel-, cuando llegue mi hora.
- ¿Cuándo será? –preguntó Freddy.
- Nadie lo sabe con certeza –respondió Daniel.
Freddy observó que las otras hojas continuaban cayendo, y pensó: “Debe de haber llegado su hora”.
Vio que algunas de las hojas se resistían a los golpes del viento antes de caer, y que otras simplemente se dejaban ir y caían mansamente. Pronto el árbol quedó casi desnudo.
- Tengo miedo a morir –le dijo Freddy a Daniel-. No sé qué es lo que hay allá abajo.
- Todos tememos lo que no conocemos, Freddy. Es natural –le tranquilizó Daniel-. Sin embargo, no tuviste miedo cuando la primavera se convirtió en verano. No tuviste miedo cuando el verano se transformó en otoño. Eran cambios naturales. ¿Por qué tendrías que temer a la estación de la muerte?
- ¿El árbol también muere? –preguntó Freddy.
- Algún día. Pero hay algo más fuerte que el árbol: la Vida. La vida es eterna, y todos somos parte de ella.
- ¿Adónde iremos cuando muramos?
- Nadie lo sabe. ¡Ése es el gran misterio!
- ¿Regresaremos en la primavera?
- Nosotros no, pero la vida sí –respondió Daniel.
- Entonces, ¿cuál ha sido la razón de todo esto? –siguió preguntando Freddy-. ¿Por qué estamos aquí? ¿Sólo para caer y morir?
Daniel respondió de manera objetiva:
- ¿Por qué? Por el sol y la luna; por los momentos felices que hemos pasado juntos; por la sombra y pos los ancianos y los niños y las familias; por los colores del otoño; por las estaciones. ¿No son razones suficientes?
Esa tarde, bajo la luz dorada del crepúsculo, Daniel se desprendió de la rama. Cayó sin esfuerzo. Y mientras caía, parecía sonreír apaciblemente.
- ¡Hasta pronto, Freddy! –dijo.
Después, Freddy quedó solo. Era la única hoja que permanecía en su rama.
La primera nieve cayó a la mañana siguiente. Era blanda, blanca y suave; pero era dolorosamente fría.
Casi no hubo sol ese día, que fue muy corto. Freddy notó que perdía el calor y se ponía quebradizo. No dejaba de hacer frío, y la nieve pesaba mucho sobre él.
Al amanecer llegó el viento que separó a Freddy de su rama. No le desanimó.
Mientras caía, vio el árbol entero por primera vez. ¡Qué fuerte y firme era! Estaba seguro de que viviría mucho tiempo, y el saber que había sido parte de esa vida lo lleno de orgullo.
Freddy fue a parar sobre un montículo de nieve. Era bastante blanda... y hasta cálida. En esta nueva posición, Freddy estaba más cómodo que nunca. Cerró los ojos y se quedó dormido. No sabía que después del invierno llegaría la primavera, y la nieve se derretiría y se transformaría en agua. No sabía que su ser, aparentemente seco e inútil, se uniría al agua y serviría para que el árbol se hiciera más fuerte. Y, sobre todo, no sabía que allí, dormidos en el árbol y en la tierra, ya había proyectos de nuevas hojas que nacerían en la primavera”.


Mi ser querido tiene alzhéimer. Cómo poner el corazón en las manos,
José Carlos Bermejo

jueves, 1 de julio de 2010

:: Hasta el final ::



“Isabel… ya he conseguido darte de comer con esa jeringuilla… no sufras más. Tranquilízate, que ahora te sentaré y pasaremos la tarde juntos. Hace ya tres años que no puedes hablar ni moverte. Últimamente te siento lejos… Por eso continúo hablándote, aunque nunca sepa hasta qué punto me entiendes…

Ahora ya no están todos los proyectos de futuro que compartimos, ese universo propio que nos mantenía unidos. Estás conmigo, pero a veces me siento perdido: eras mi confidente, mi apoyo, el motor de mis ilusiones. Sí… aquel día de enero –hace ya tres años y medio- en que me preguntaste quién era yo, ese universo nuestro estalló en mil añicos. Tú sabes que yo nunca he sido un hombre débil…, pero lloré. Ese día comprendí que no podía dejar que te fueras poco a poco…

Todo empezó aquel mes de mayo de 1990 en que estabas tan rara, ¿te acuerdas? Se te olvidaban los recados, te perdías en la calle, no traías las vueltas de la compra, cruzabas los semáforos en rojo… Estabas muy nerviosa, pero hacías esfuerzos por ocultarnos todos estos despistes que te humillaban. ¡Claro! A tus 55 años eras una de las secretarias mejor consideradas de aquella multinacional alemana. Una mujer inteligente, con carácter, siempre perfectamente arreglada desde las ocho de la mañana, con esos tacones que a mí me parecían altísimos para ir a trabajar. Nuestros hijos, Álvaro y Manuel, me decían que podrías tener alguna carencia vitamínica, o la menopausia, o algo así. Estábamos un poco preocupados, pero se acercaba el verano, y queríamos comprar aquella casita en la playa. ¡Tenías tanta ilusión…! Por las noches, cuando nos metíamos en la cama, me decías que querías soñar que paseábamos los dos, cogidos de la mano, playa arriba, playa abajo…

En septiembre, todo se precipitó: había que renovar tu carné de conducir, y no querías ir. Te resistías como gato panza arriba. Al final, te llevamos casi a rastras, y cuando te tocó firmar, con la mano temblorosa, no podías apenas cerrar un círculo. Me miraste asustada… Tú lo sabías. Por eso, no querías ir… No querías que lo notáramos…
Recuero como si fuera ayer que la segunda vez que te llevamos al escáner dijiste con voz triste: “¿Y para qué? Yo sé que cada día estoy peor. Me doy cuenta de que no me han dado tratamiento ni medicación”.

Sé que sufrías, y te humillaba que tus amigas te vieran en ese estado, en silla de ruedas. Llegó un momento en que no querías salir a la calle, porque sentías vergüenza de que te vieran así. ¡Siempre has sido tan presumida…!

Fue aquella semana de noviembre cuando mis oídos registraron por primera vez la palabra alzhéimer, y el mundo se me vino encima. No quise decírtelo para no preocuparte, pero me hundí. El médico no me dio ninguna solución, ningún tratamiento; sólo me dijo dos palabras: “Paciencia, hijo”. Era como si los médicos me dieran el pésame…

Desde el principio tuve que dedicarme a las tareas del hogar. No podía hacer un huevo frito sin que se rompiera, no sabía planchar, y me daba vergüenza tender la ropa: lo hacía a las cuatro de la mañana para que no me vieran los vecinos… ¡Qué estúpido! Las vecinas me decían que tenía que tender las camisas por el bajo, y yo hacía como si no fuera conmigo. Y además de todo eso, te bañaba, te peinaba y te vestía. Aquello era mucho para mí, e intenté contratar a una enfermera, pero era más de la mitad de mi sueldo, y ni siquiera te trataba bien. Entonces comprendí que con nadie estarías mejor que conmigo y con tu hijo Álvaro, porque el mayor estaba destinado en Canarias…

Isabel, perdóname porque no consigo meter en cintura esta casa, porque las labores del hogar me superan. Pero los besos, los abrazos y las caricias que te doy no te los va a dar nadie. La única idea que me atormenta es que estés sufriendo. Tus gemidos de dolor o de nerviosismo me atormentan y se me clavan en el corazón.

Esta mañana me he dado cuenta de que llevo tres días sin salir de casa y de que nadie me ha visitado. Te sigo teniendo, pero esta enfermedad terrible que atrapó tu cerebro, desintegrándolo, ha hecho que perdiéramos muchos amigos, una gran parte de la familia, las diversiones, las ilusiones… A veces me cuesta. Sé que tienes la capacidad de recibir la ternura que Álvaro y yo te damos. Quizás estés haciendo acopio de ese cariño, para cuando sufres más…

Hay quien me dice que tengo que vivir mi vida; pero, después de pensarlo mucho, siempre llego a la misma conclusión: mi vida está aquí, contigo. Los dos, de la mano, todas las tardes. Los dos, juntos por las noches. Mi vida eres tú, estés como estés. Lo único que quiero es estar aquí contigo y pasar las tardes juntos cogidos de la mano…

Lo único que le pido a Dios es que me deje morir después de ti. No quiero dejarte sola en este mundo sin ayuda, sin ternura. Nuestro hijo no aguantaría este peso él solo. Así que hazme un sitio cuando llegues al cielo. ¡Tengo tantas cosas que contarte…!”.

"Alzheimer: la enfermedad del nuevo milenio",
M. G. Blázquez

domingo, 29 de noviembre de 2009

:: Héroes invisibles ::



Todos hemos estudiado en nuestra etapa estudiantil algunos de los personajes más relevantes de la Historia. Son conocidos por sus hazañas y por todos los cambios que iniciaron en la estructura social y en el avance científico, y que supusieron la continuación de la evolución de la Humanidad hacia un nivel mayor de madurez espiritual.
Sin duda su labor fue muy importante y merecen ser homenajeados.
Sin embargo, en esta sociedad actual, donde el valor que tiene un ser humano se mide por su capacidad intelectual (demostrada con la posesión de innumerables carreras universitarias, másteres y gran cantidad de títulos), no se toma en cuenta la labor de muchas otras personas.
Gracias a los grandes científicos y a los maestros de las letras y las Ciencias Sociales, la Humanidad evoluciona día a día, aumentando nuestra esperanza de vida y alcanzando un mayor conocimiento de la realidad. Podríamos decir que el desarrollo de la especie humana es posible gracias al trabajo de estos héroes eruditos.
Pero mi intención es hablar de otro tipo de héroes. Yo los llamo héroes invisibles.
Estas personas no aparecen en los libros de Historia. No encontrarás información acerca de ell@s en Google si tecleas su nombre. No se habla de su labor en los medios de comunicación. Y sin embargo están ahí.
Son personas como tú y como yo.
Desempeñan trabajos comunes. Van al cine, leen el periódico, cocinan y pasean al perro. No hay nada en su vida diaria que los delate.
Entonces, ¿por qué son héroes? ¿qué les hace tan especiales?
Estas personas son héroes y heroínas porque tiene unos valores y unas ideas basadas en el Amor y en el altruismo, que ponen en práctica en su vida siempre que pueden. Son personas dispuestas a sacrificar parte de su tiempo para ayudar a otros, actúan como maestros para otras personas, transmiten alegría al resto de la gente y les ayudan a mejorar sus vidas.
Todos hemos conocido a personas de este tipo. No son conocidas por las cosas heroicas que hacen, porque ese tipo de heroísmo no importa en nuestro mundo.
Todos los héroes invisibles que he conocido han resultado ser personas bastante sencillas. La mayoría no tenía estudios, tan sólo los básicos. No eran conscientes de realizar una labor especial, ni mucho menos heroica. Pero yo creo firmemente que sí lo hacían.
Un héroe invisible puede ser aquella persona que cuida con amor y dedicación a su madre enferma; o aquella otra que dedica su tiempo libre a llevar a cabo actividades altruistas que mejoran la vida de un grupo de personas; o aquella persona que trabaja pluriempleada para procurarles un futuro a sus hijos.
L@s héroes y heroínas invisibles se suelen caracterizar por ser personas generosas, altruistas, sensibles y, sobre todo, humildes. Esta última característica es uno de los rasgos que más destacan en su personalidad.
Estos héroes invisibles conviven con nosotros, y merecen todo nuestro respeto y agradecimiento.
Puede que nadie sepa de su labor, pero sin ell@s, muchas personas quedarían desamparadas y a merced de este barco llamado “Humanidad” que se dirige hacia la iluminación intelectual, olvidando por el camino lo que en esencia nos hace personas.
La búsqueda del conocimiento es un deseo intrínseco en nuestra naturaleza, pero debemos tener claras dos cosas: la primera es que si el conocimiento no se utiliza a favor de TODO el mundo, no sirve de nada, tan sólo nos conduce a la autodestrucción como personas; y la segunda es que la sabiduría no se puede alcanzar por un solo camino, puesto que existe más de uno, y todos deben ser tenidos en cuenta, ya que sólo de esta manera podremos obtener una visión global de la autopista que nos conduce hasta la verdad.

:: Muchos Caminos... un sólo Destino ::




A lo largo de la historia de la Humanidad, muchos han sido los Iluminados y muchas las doctrinas que han pretendido arrojar luz acerca de la naturaleza intrínseca del Ser Humano y del papel que juega en este mundo.
Personas como Jesús, Buda, Mahoma o Santa Teresa de Jesús han tenido muy claro cuál es el objetivo de la existencia y de qué manera debe actuar el Ser Humano para desarrollar todo su potencial y hacer de este mundo un lugar mejor.
Todas las religiones y filosofías espirituales más relevantes del mundo coinciden en una serie de puntos: 1) Dios es Amor; 2) Hay que amar a los demás tanto como a uno mismo, ayudándoles en todo lo posible, ya que el beneficio colectivo repercutirá en el beneficio individual; 3) Estamos en esta vida para amar y aprender; 4) La Humildad es una de las mayores virtudes.
Las religiones se convierten en caminos, en guías, en portavoces de lo Divino. Nos acercan las enseñanzas más profundas y necesarias del Universo a través de distintos maestros. Todas buscan una misma verdad.
Difieren en las formas y en los rituales, pero la esencia es la misma: servir como guía a la Humanidad en su desarrollo espiritual.
En estos tiempos en los que vivimos, donde se venera al escepticismo y a la duda permanente, la Humanidad necesita conectar con lo Sagrado más que nunca.
Miles de personas en todo el planeta se sienten vacías, incompletas.
Llenan su vida de logros profesionales, bienes materiales, reconocimiento social… y se al final se preguntan: ¿esto es todo?
¿Por qué no me llena lo que se supone que es la Felicidad? ¿Por qué no me llena todo este éxito, toda esta gloria personal?
Porque la vida carece de sentido si se llena de cosas sin importancia, y se olvida lo que de verdad tiene valor.
Está claro que en nuestro mundo desarrollado y civilizado es necesario un trabajo que nos de de comer, una casa donde vivir y dinero para subsistir. Pero la persona no se compone tan solo de estas cosas.
También necesita desarrollar y explotar su parte espiritual. Y es aquí donde cumplen su papel las religiones.
Existen numerosas religiones y filosofías espirituales, cada una con sus particularidades, por eso es trabajo de cada uno el encontrar aquella que vaya con nosotros, que nos llene y con la que identifiquemos nuestros valores.
Por supuesto, no es obligatorio seguir una doctrina a rajatabla o tener que “encasillarse” en una religión.
Sin embargo, los maestros espirituales más relevantes dicen que es importante seguir una doctrina porque ésta nos marca un camino por el que seguir y desarrollar nuestra parte espiritual. El que siempre busca un camino que seguir y no se compromete con ninguna filosofía, al final se encuentra permanentemente perdido y hace de la duda su sendero.
Dentro de una religión podemos encontrar aspectos que nos gusten más que otros o con los que estemos más o menos de acuerdo.
Pero esto es igual que cuando queremos mucho a una persona, sea amig@, pareja o familiar. Podemos estar muy unidos a esta persona, compartir buenos momentos juntos y aprender mucho mutuamente, pero todo el mundo tiene defectos. Hay momentos en los que nuestras posturas frente a algunos temas no encajan, y por eso dejamos de quererla. Aceptamos a esa persona tal y como es y nos damos cuenta de que todo lo bueno que nos aporta nos compensa 1000 veces.
Tampoco hay que confundir los valores y las normas que establece una religión, con muchos de los sacerdotes que pretenden “representar” a esa religión en sí.
Toda religión está basada en unas ideas acerca de la existencia que fueron dadas a conocer por los primeros maestros de la misma. Con el tiempo, han sido muchas las personas que han interpretado y reinterpretado estas ideas, llevándolas en ocasiones a extremos equivocados o utilizándolas para sus propios fines.
Por eso es importante saber diferenciar a los que se autodenominan “iluminados” de los auténticos maestros; distinguir los adornos, de lo esencial.
Son muchos los caminos que nos conducen a la Verdad, pero la Verdad es siempre la misma y es única para todos.